Fronteras, viajeros, muerte y sueños

Hay una frontera que sólo nos atrevemos a cruzar de noche -había dicho el gringo viejo-: la frontera de nuestras diferencias con los demás, de nuestros combates con nosotros mismos.

el viaje es doloroso para la que se queda, y más bello de lo que jamás será para el viajante.

– Quisiera llegar a la muerte desprovista de humillación, resentimiento, culpa o sospecha; dueña de mí misma, con mis propias opiniones, pero nunca santurrona o fariseo.

– La soledad es una ausencia de tiempo.

El sueño es nuestro mito personal. (…) mientras vivieran ambos, por más separados que estuviesen, podían penetrar sus sueños respectivos, compartirlos…

Pero él sabía que el premio, como siempre, no era para los valientes, sino para los jóvenes: morir o escribir, amar o morir. Cerró los ojos con miedo: estaba mirando de lejos a un hijo y una hija, él opaco, ella transparente, pero ambos nacidos del semen de la imaginación que se llama poesía y amor. Tuvo miedo porque no quería más afectos en su vida.

No quiero pasarme la vida agachado. Quiero que se destruyan las haciendas y se deje libres a los campesinos, para que puédamos ir a trabajar donde quiéramos, en la ciudad o en el norte, en su país, señorita. Y si no, yo no me cansaré nunca de pelear. Agachado así, nomás no: quiero que me miren la cara.

Gringo viejo (Carlos Fuentes)

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