Kioto

“Kioto es la ciudad de las Referencias Infinitas en la que nada es ni puede ser nunca idéntico a sí mismo, cada una de las partes del gran conjunto se remonta al pasado, a una Gloria que no puede comprobarse, y de allí extrae su identidad actual, de una Gloria existente en un nebuloso pretérito o creada por éste, de tal modo que no resulta posible asir nada por ninguno de sus elementos ni mirar lo que uno tiene ante sus ojos, porque a aquel que intenta mirar se le desdibujan incluso los elementos más primarios y esenciales de la ciudad, como al visitante que en la monumental estación de Kioto se apea del tren de alta velocidad llamado Shinkanzen procedente de la antigua dirección de Edo y, tras hallar la salida correcta en la compleja red de pasillos subterráneos que recuerda a un parque de atracciones, desemboca allí donde acaba la Karasuma-dori y, en el lado izquierdo de esa calle que lleva en línea recta al norte, ve la valla imponente, larga y amarilla del templo budista llamado Higashi-Hoganji, que se divisa ya desde la estación, y en ese mismo momento se sale del ámbito de la posibilidad, de su posibilidad de ver el Higashi-Hoganji actual, puesto que el Higashi-Hoganji actual no existe, en el instante mismo en el que la vista se posa en el templo actual, éste se solapa con otro templo que sería incorrecto llamar pretérito, puesto que el HIgashi-Hoganji tampoco ha poseído nunca un pasado, ni un ayer ni un anteayer, sino miles y miles de Referencias a los nebulosos pasados del Higashi-Hoganji, de tal modo que se produce la situación más absurda, se produce, concretamente, la situación de que no existe ni un Higashi-Hoganji actual ni un Hogashi-Hoganji pasado, sino sólo la Referencia autoritaria a su existencia en el presente y en el pretérito, y esa Referencia impregna entonces toda la ciudad mientras uno la recorre, atravesando el reino de las más asombrosas maravillas, desde el Katsura Rikyu hasta el Tofukujii, y hasta llegar a ese tramo del Kamo, más o menos a la altura del santuario de Kamigamo, donde susurrando fluye el río y se encuentra él, el ooshirosagi [garza blanca], el único que, curiosamente, posee tanto presente como pasado y, a la vez, ni lo uno ni lo otro, porque en verdad nunca ha existido en el tiempo que se desplaza adelante y atrás en una línea, y finalmente se llega a él, al que, como artista de la atención, le está encomendada la tarea de representar aquello que fija el eje del lugar y de las cosas en esa ciudad espectral, al que le está encomendada la tarea de representar lo inasible, lo intangible, lo que no dispone de realidad, esto es, de representar la insoportable belleza.”

-Lászlo Krasznahorkai, Y Seiobo descendió a la Tierra (2008), traducido por Adam Kovacsics para Acantilado, 2015.

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